El modelo psiquiátrico del confinamiento
«Hay que eliminar por dentro la atrocidad antigua si se aspira a estremecernos hoy y gracias a ello precavernos frente a atrocidades inminentes»
Ortega y Gasset, Misión de la universidad
Un modelo de confinamiento individual que pudo aplicarse a nivel social y, por extensión a buena parte del mundo, puede ser rastreado en la psiquiatría como disciplina consolidada en el seno de la ciencia médica, cuyo modelo paradigmático surge bajo los criterios de Virchow del procedimiento en cuanto al diagnóstico, tratamiento y curación de enfermedades infecciosas durante la segundo mitad del siglo XIX.
Tal es el caso de enfermedades infecciosas como la fiebre puerperal, sífilis o tuberculosis que certificaron tal éxito a base de identificar y erradicar una enfermedad en tanto que es objetiva, es decir, orgánica o corporal; distinto es, pretender erradicar un comportamiento interpretado como "desviación", propio de una cuestión político-legal de cómo deben erigirse las relaciones de los individuos dentro de un Estado. Para ser claros: los conceptos y clasificaciones del campo de la medicina forman parte de la epistemología; mientras que la ley se circunscribe a la ética.
La legitimidad social del clínico médico por los meritorios descubrimiento de investigadores ha resultado propicia para el control de muchas enfermedades, no solo la diabetes y la anemia tratadas con insulina y extracto de hígado respectivamente, sino también de tipo infecciosas. De este modo, la ciencia médica ha trasvasado su accionar en nuevas sub-disciplinas; la psiquiatría institucional es una de ellas (o consolidado su legitimidad social dependiendo el contexto evolutivo medicinal en cada país), es así que en las primeras décadas del siglo XX se ocupará en su exclusiva jurisdicción de la mente, junto al psicoanálisis. Este último hecho es prácticamente indisociable del tratamiento de la neurosífilis como veremos a continuación. Lo interesante es que la paresia, producto de la sífilis provocada por el Treponema Pallidum comenzaba ya a remitir la cantidad de casos debido a que por 1940 comenzó su uso y con el tiempo se fue aplacando la cantidad de casos relevados.
Es en este punto crucial de la historia que Thomas Szasz, en su libro Esquizofrenia: el simbolo sagrado de la psiquiatría se pregunta ¿por qué se sigue empleando el modelo de una enfermedad como la sífilis que disminuyó drástica su presencia para diagnosticar presuntos casos de enfermos "mentales"?
Para aclarar el panorama, partamos desde lo básico: ¿Cuáles son los rasgos principales por los cuales se distingue el concepto de enfermedad? Consiste en hallar el método más propicio para encontrar células enfermas y ver cómo modificarlas para su curación. Esta es la base del discurso científico médico bien entendido.
Kraepelin en 1896 fue el primero en acuñar el término dementia praecox a tres condiciones sintomatologías. Thomas Szasz realiza una sucinta descripción de éllas (1979:18):
Las tres"condiciones" eran: "catatonia", o estupor, originalmente descrita por Karl Ludwig Kahlbaum (1828-1899); "hebefrenia", o comportamiento estúpido y altisonante, descrito parcialmente por Ewald Hécker (1843-1909); y "vesania típica", o alucinaciones y delirios, también previamente descrita por Kahlbaum. Lo que deseo enfatizar aquí, es que cada uno de estos términos se refiere al comportamiento y no a la enfermedad; a una conducta desaprobada, y no a un cambio histopatológico; de ahí que, se las pueda llamar vagamente "condiciones", pero no son, estrictamente hablando, condiciones médicas. Si ninguno de estos términos es una enfermedad, juntos tampoco lo serán. Sin embargo, lo desagradable de las personas que mostraban tal comportamiento "psicótico", la verdadera o aparente incapacidad social de los "pacientes", y el prestigio profesional de médicos como Kraepelin, fueron suficientes para establecer la dementia praecox como una enfermedad cuya histopatología, etiología y tratamiento, sólo esperaban los posteriores avances de la ciencia médica.
Al ser diagnosticada la dementia praecox como una enfermedad orgánica y objetiva a la espera de la corroboración empírica y al no haber ocurrido nunca dicho suceso, se la ha designado luego con un nombre más impactante: esquizofrenia (su raíz etimológica refiere mente escindida en cuanto a pensamiento, percepción y comportamiento), tarea a cargo de Eugen Bleuler, que redifinió y amplió el concepto de manera aún más vaga. En su libro Dementia praecox o el grupo de esquizofrenias de 1911, afirma básicamente que la esquizofrenia se caracteriza por un retroceso discontinuado del pensamiento por distintos estadios que no permiten la restitución íntegra del mismo. Pero como afirma Szasz, "alteración de pensamiento" no es relevante ni desde la perspectiva médica ni desde la psicoquímica.
Considerando cómo devino el curso de la historia y el auge de la psicoterapia en las postrimerías del siglo XX, no debe pasarse por alto que previamente Freud, Jung y Bleuler hayan publicado la primera revista psicoanalítica en 1909. De esta manera, asistimos a la entronización de la psiquiatría como la disciplina, el campo médico que aborda las enfermedades "mentales":
"De este modo Bleuler, Freud, y sus seguidores, han transformado nuestra imagen e idea de enfermedad, y nuestro vocabulario para describirla y definirla; de esta manera han desplazado lesión por lenguaje, enfermedad por desacuerdo, físiopatologia por psicohistoria — y, en general, histopatologia por psicopatologia." (Szasz; 1979: 23)
[...]
En vez de eso, sería necesario insistir —como yo he insistido— en: primero, que las enfermedades del cerebro son enfermedades del cerebro, y que las enfermedades mentales no son enfermedades para nada; segundo, que lo que se sospecha es una enfermedad del cerebro, no se convierte en una enfermedad del cerebro en sí, hasta que se prueba mediante datos repetitivos apropiados y consistentes de naturaleza histopatológica o fisiopatológica; y tercero, que las personas con, o sin, enfermedades del cerebro, son "pacientes" sólo hasta el punto en que consientan en asumir este papel— porque los individuos de una sociedad libre tienen el derecho fundamental de rechazar el diagnóstico médico, la hospitalización y el tratamiento. (Szasz;1979:99)
En definitiva, lo que justifica el confinamiento en los manicomios era la existencia de "esquizofrénicos", sostener lo contario sería reconocer que la psiquiatría concebida de esta forma, carecía de utilidad social y razón de ser como institución. Por su parte, el confinamiento por covid-19 promovido por epidemiólogos fue involuntario por un virus que no difería en su forma ni letalidad prácticamente de una gripe común, lo que conllevó a sostener el encierro mediante argumentos seudo-científicos (virus desconocido y/o con letalidad altísima en aras del "bien público" o que se "preparen" las clínicas para hospedar pacientes; todo demarcando una unicidad del pensamiento fijada en un solo objeto, el virus); el confinamiento por "esquizofrenia" a cargo del psiquiatra a un paciente diagnosticado como tal, es involuntario en la medida que sus conocidos o la sociedad lo ven como carga social.
Bajo esta perspectiva seudo-científico-médica, los sanos durante el covid-19 (potenciales a contraer y diseminar el virus) eran criminales en potencia, por eso se restringía la libre movilidad (excepto claro, ironías de la vida, a políticos inescrupulosos y periodistas de chimentos, ellos sí eran "esenciales").
Era, a fin de cuentas, una necesidad "social" establecer un terror que rememora los pasajes más oscuros y siniestros de la Revolución Francesa cuando se instauró el Comité de seguridad pública. Éste fue creado con el objetivo de primero, supervisar, para luego exterminar a todo aquel que sea considerado enemigo de la república francesa(1). Indubitablemente, en el fondo se trata del eterno debate entre seguridad y libertad cuyo resultado de esta puja refleja el estado y sentido de existencia de las personas y su modo de vivir, con sus distintos grados entre ambas.
Sumamente interesante es analizar cómo el individuo, o la compra de voluntades a distintos sectores de la sociedad civil se hace patente cuando la ciudadanía en su conjunto se libra de su propio juicio sobre la realidad y la delega en "el bien público":
El Estado, incluso un Estado totalitario, no fuerza a los individuos a ser verdugos brutales, o jueces corruptos o psiquiatras institucionales. Los individuos aceptan o toman estos papeles voluntaria o libremente —a cambio de servicios y bienes, es decir, el prestigio y el poder que la sociedad ha depositado en ellos por este trabajo sucio. (1979:29)
Esta cita da cuenta de dos aspectos: primero, que la sociedad también ha sido víctima y también victimaria, por más contradictorio que suene, clamando medidas urgentes o contraproducentes y luego avalando el cese de las libertades individuales, y en segundo lugar, que lo único que necesita un gobierno para oprimir dichas libertades es que los ciudadanos crean religiosamente en todas las bondades de los sofismos plasmados en decretos unilaterales y disposiciones análogas del poder ejecutivo con la real intención de concentrar la suma pública mientras declama otra.
Sobre el talante comportamental de los médicos es dable mencionar esa característica del apremio, de "hacer algo" frente a una situación desconocida y mientras más lo sea y ésta sea percibida como peligrosa por las masas, mayores serán sus ansias de reprimir los actos externos de los demás. En consecuencia, el apremio cede la voluntad hacia el otro; el iluminado salvífico que nos iluminará el camino a seguir en el sinuoso camino de la vida.
El monopolio de la decisión unilateral, compartido entre gobierno y la corporación médica representa una excelente excusa para que el gobierno en funciones avasalle contra todo tipo de garantías constitucionales sin rendición de cuentas ante una situación declarada, por ellos mismos, de extrema gravedad. La tendencia por "hacer algo" de los auto reputados científicos va en correspondencia con el dirigismo estatal.
Pocas alternativas maneja un médico frente a un paciente en un consultorio, podemos dar cuenta de ello en esta cita del mismísimo Bleuler (en Szasz 1979:46) en su libro El pensamiento autístico indisciplinado de 1928 donde comienza a dudar significativamente del diagnóstico de esquizofrenia:
¿Es correcto inyectar Salvarsan(2) en las venas de cada paciente cuyo test Wassermann(3) sea positivo? Muchos casos de esquizofrenia "latente" se diagnostican como totales con toda certeza. Nunca se le ocurre al doctor considerar todas las consecuencias: el confinamiento del paciente a una institución mental; el privarlo de sus derechos civiles; el abandono de su profesión, etc.
La cita anterior es más que sugestiva: ¿podemos leer esquizofrenia "latente" como contagio por covid "asintomático"? ¿Qué hay del consentimiento del paciente?
Asimismo, el ritual del barbijo, apelando a la metáfora de Szasz sobre la doctrina católica de la transubstanciación, cuyo principio rector es transformar el cuerpo y la sangre de Jesucristo en pan y vino respectivamente; al final, sabemos que se trata de un acto meramente simbólico. Entramos en una dimensión cultural más que sanitaria, aún más si consideramos que es un hábito importado del lejano Oriente. En consonancia con esto, Szasz propone una concreta respuesta de índole psico-sociológica al ritual católico de la transubstanciación (1975:35):
La pregunta es: ¿por qué actúa la gente de esta manera? Los católicos lo hacen principalmente porque esto es lo que establece su identidad como católicos, una identidad que desean preservar. Los no católicos lo hacen principalmente porque es —por ejemplo, en una iglesia— la forma educada de comportarse.
En otras palabras y parejamente, unos usan barbijo por convicción en su eficacia contra el contagio; otros por un temor a ser aislado o padecer alguna sanción social, en vista de ello simplemente consideran conveniente para el trato social.
En cuanto al comité de epidemiólogos que se valieron de los distintos gobiernos para extender lo máximo posible el confinamiento, su rol durante 2020 y lo que compete al covid, son fielmente retratados con la siguiente cita, cuya alusión a los médicos falsos es más que elocuente:
La medicina real, por lo tanto, ayuda a los médicos reales a tratar o curar a pacientes reales; la falsa medicina (psiquiatría) ayuda a los médicos falsos (los psiquiatras) a influenciar o controlar a pacientes falsos (los enfermos mentales).
Cabe destacar que el método estadístico S-I-R (susceptibles-infectados-removidos) no es de la misma eficacia que el de la sífilis, ya que el primero pretender ser un "tratamiento" a la población en general. En contraste, el test de Wassermann es objetivo, analiza lo orgánico, no intenta hipotéticamente generalizar la cantidad de contagiados solamente por los hisopados y de allí lanzarse a conjeturar delirantemente sobre la probabilidad del contagio social a futuro.
Por último y no menos impactante, conviene resaltar las siguientes frases del autor que interpelan para llegar a una mayor comprensión de cómo se imposta actuación médico-ténica para evadir el consentimiento del paciente buscando direccionar y disciplinar una acción político-legal y desentrañar el germen totalitario del pensamiento:
Aquí entonces, estamos frente a frente con las inexorables consecuencias de la psiquiatría como un apostolado apoyado por el Estado y de su perspectiva colectivista-positivista, del tratamiento de las personas como objetos defectuosos. Las razones y las justificaciones tradicionales para el tratamiento en la medicina han sido, primero, que el paciente tiene una enfermedad; segundo, que quiere y consiente a tratarse por ella; y tercero, que el médico está de acuerdo en tratarlo.Gunderson y Mosher añaden, entonces a esta lista, una cuarta justificación para el tratamiento —una, además, que ha sido durante mucho tiempo la justificación terapéutica favorita entre los marxistas, los comunistas y los nacionalsocialistas: es decir, que el tratar al paciente forma parte de los principales intereses económicos de la sociedad. Es importante articular el corolario de esta regla: que el tratamiento debería ser inaccesible, o quizá incluso prohibido, si no forma parte de los principales intereses económicos de la sociedad.(1979:109)
En contraposición a esta postura seudo-científica colaboracionista de los peores regímenes, no se puede ser más explícito. de allí la necesidad de, en primer lugar, recalcar la importancia del contrato libre entre partes, a contramano del accionar terapéutico característico del Estado de bienestar; en segundo lugar, abogar por una nueva forma de entender y concebir a la medicina, sin intermediarios que enmascaren su interés particular con el presunto bienestar general, como lo hicieron en distintas épocas especialistas médicos de diversas profesiones:
El principio que ellos proponen es en el beneficio de los burócratas, cuyos puntos de vista representan Brown y Mosher, es decir, los policías-psiquiatras empleados por el Estado. Después de todo, son ellos, y no los pacientes, quienes reciben los fondos que están en debate.
En otras palabras, quizás deberíamos volver a celebrar pactos libres si es que vivimos en una sociedad libre: antiguamente, un paciente contrataba directamente a un médico y le pagaba porque éste lo sanara; y, algo no menor, porque el paciente efectivamente solicitaba su servicio; hoy el arreglo es de otra naturaleza: el paciente no quiere ser tratado en algunos casos, e igualmente paga a una organización corporativa que luego negocia en contubernios con personajes de la política. O para ser más elocuentes y de un modo más drástico, nos encierra la corporación más grande que tiene una nación (el Estado) con su aparato represivo habiendo antes efectuado la estratagema previa de sobornar a asociaciones intermedias (colegios profesionales de salud, corporaciones mediáticas, etc) buscando generar consentimiento indirecto en la sociedad, y despejar el terreno para una posterior coacción directa, lo suficiente para dictatorialmente tutelar qué podemos hacer y qué no, como ha ocurrido durante el confinamiento por covid19 durante 2020.
Referencias
(1)Para interiorizarse sobre el rol del Comité de Seguridad Pública durante el Terror Francés, véase https://www.worldhistory.org/trans/es/1-21244/comite-de-seguridad-publica/. Es de capital importancia analizar cómo un organismo concentra facultades del poder pública y su correlación con la coacción y la mentalidad expiatoria.
(2)Paul Ehrlich desarrolla el Salvarsán, la primera de las arsfenaminas, para el tratamiento de la síflis, siento éstas el tratamiento hasta que son desplazadas por la penicilina en 1943.
(3)Wassermann desarrolla el primer test inmunológico para el diagnóstico de la sífilis en 1906
Bibliografía
Szasz, Thomas, 1979. Esquizofrenia: El símbolo sagrado de la psiquiatría. Capítulos I y III. Madrid: Premia Editora.

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