Arte y política como ansias de dominar

El arte se desbroza en plenitud en el hoy, despeja nuestra visión de los artefactos que la nublan por un instante.  En primera instancia, es arte el que no pretende cambiar el mundo. El fin —como proceso acabado de una cosa—muchas veces es no pretendido, cuya espontaneidad se nutre de lo rutinario y extraño en simultáneo. 

El arte, en su manufactura de la naturaleza, busca nuevos senderos que transitar a los sentidos, fatigados o indiferentes a la contingencia, propia de los cauces en que converge y discurre la política.

Un arte en pos de un fin político no sería arte en el sentido figurado, ya que la libertad sería delimitada por una presumida, noble y apolinaria causa—presentada como subsidiaria del bien común o algún credo universalista del bien— . Pero somos de carne y hueso, y estamos atravesados por vivencias personales, por lo que no deja de ser cierto, que es imposible ignorar elementos políticos, latentes. En este sentido, es oportuno recordar que se hace arte con material que mana de lo político, pero éste no puede determinarlo en su esencia—direccionalidad, objetivo último—.

El arte nos renueva el enfoque hacia el mundo de lo cotidiano desde nuestro asidero interno; la política—como conjunto operativo de mecanismos abordados en congruencia con el diseño de inputs y outputs en sus diversos canales de duplicación de lo real—lo encasilla.

Puedo estar movido por disquisiciones inconducentes, pero la soledad en que se motiva nuestra aguzada introspección será siempre particular y concreta, es decir, más real —laboriosa en su fuero interno por los procesos cognitivos que produce— que el logro político proyectado y propagado a la enésima potencia. Desde el plano del espectador, las impresiones de satisfacción serán más hondas en el ámbito del arte ya que internaliza un mundo, a diferencia de la política que vive de apelar a una agotadora y catártica exteriorización de emociones.

Visto en conjunto, se diría que de otro árbol es la simiente que busca fidelizar la actividad del arte; allí se urde la estratagema de persuadir con aparatajes de comunicación anunciando con pompa eventos a cambio de favores; no se pretexta talento sino intensidad plástica de una mera representación ideada. El germen de lo totalizable está presente en todos lados, con el consabido correlato expresado su punto cúlmine en regímenes contrarios a la libre asociación y expresión de lo singular.

Por ello, bien podría decirse que lo que ofrece la superficie es el escenario de una pugna por intereses. Un cuadro pintado al óleo tendrá un distinto significado para diversos visitantes de un museo a lo largo de los siglos. Alcanzar el universal es imposible, porque está en su esencia transmutar y es independiente de aviesas y fugaces intenciones corporativizadas. Pero el arte tiene el genuino don de acercarse mucho más. El arte seguirá siendo arte, consumación de un saber realizado en un taller, cuyo oficio no se separa del herrero o artesano; así, es reducto fortificado de la consciencia cuando desea hallarse sola y en sí, con prescindencia de la inevitable venalidad que encierra todo claustro. 


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