La Edad Media y sus víctimas propiciatorias
«Los caballos que me llevan consigo cumplen, al hacerlo,
toda la plenitud de mi deseo,
Pues no hay duda que son ellos, mis verdaderos guías,
los que me condujeron por la famosísima ruta de la diosa,
que encamina al hombre en posesión de las luces del saber
a través de todas las ciudades.
Por esta ruta me veía llevado, y, ciertamente,
los caballos a cuyo impulso marchaba eran muy diestros,
ya que tiraban del carro y permitían a la vez
que jóvenes doncellas nos mostrasen el camino».
Parménides
Para considerar los aspectos que dan origen e influyen en la diferenciación entre un carácter pletórico y exultante de vida de uno con tendencia a la aflicción, se debe partir el análisis de la puesta en relación de fenómenos concretos que atraviesan los ciclos vitales del individuo y que moldean dialécticamente el sentido histórico de los acontecimientos.
Durante el milenio completo que abarca la Edad Media, desde la caída del imperio romano occidental (476 DC) hasta los primeros albores del Renacimiento1, encontramos una repartición jurisdiccional de los derechos del individuo: de un lado, la iglesia que se ocupaba de los asuntos del alma, y por otro, la nobleza feudal abocada a los del cuerpo, esto es, procuraban el sostenimiento del vinculo con los siervos de la gleba a fines de que la sociedad estratificada e inmóvil se mantuviera. Sin embargo, esta granítica rigidez del estamento noble-clerical se valía de convenciones sociales que no lograban evitar la canalización de angustias en ciertos períodos puntuales por los campesinos que padecían la opresión.
Para comprender algunos avatares del período en cuestión, Ramón de la Fuente Muñiz en Psicología médica (1959:33) enumera cuatro fenómenos sociales2 que proporcionan una idea de la ligazón entre la cerrazón perceptiva acerca del mundo circundante y los sermones de predicadores; engulléndose e ensimismándose el mundo interpretativo hacia dentro del ser.
En primera instancia, podemos mencionar a la gran peste negra, que dio lugar a interpretaciones teológicas de que el designio divino enviaba señales de disconformidad por cómo marchaban las cosas terrenales. En esta tesitura y para dar cuenta del contexto, Pedro Gargantilla (2011:78-79) narra temporalmente la sucesión de las procesiones de flagelantes:
La primera de estas procesiones tuvo lugar en 1260, a petición del ermitaño Raniero Fasani, coincidiendo con una época de hambruna. Ese año estaba cargado de connotaciones apocalípticas ya que según las profecías pseudojoaquinistas (similares a la herejía que surgió en el siglo XIII en el norte de Italia) la tercera edad de la humanidad había llegado a su fin. Con las procesiones se intentaba generar el remordimiento social e incrementar el número de adeptos para la causa cristiana.[...]
En la primavera de 1348 el papa Clemente VI convocó en Aviñon una nueva procesión flagelante, grandes masas de ambos sexos se lanzaron a las calles y recorrieron ciudades. Sin embargo, aquello no tardó en degenerar, el movimiento religioso se convirtió en un cortejo de saqueadores y sus integrantes se alejaban de las buenas costumbres sociales. Por este motivo, tan sólo un año después, en 1349, el papa los declaró herejes e hizo todos los esfuerzos que estuvieron en su mano para eliminarlos. A pesar de todo, las procesiones de flagelantes existieron hasta comienzos del siglo XV.
¿Pero cuál eran los rasgos fenotípicos de los que participaban en tales procesiones? En esencia, se trataba de viajeros ataviados con túnicas negras y portando antorchas, solían vagar largos períodos de penitencia por sus pecados y flagelar sus cuerpos con látigos con puntas de acero como forma de expiar sus culpas y buscar remitir la salvación en "el más allá". La sangre expulsada era el elemento principal de adhesión que generaba tal espectáculo por parte de los campesinos-espectadores, logrando un sentimiento de identificación con los mismos vistos como mártires.
Estos rasgos comportamentales que constituían una creencia interpretativa de los hechos tenían un objeto: atemperar la furia del Dios reflejada a modo de hambrunas, guerras o pestes, ya que consideraban que rezar o asistir a misas era estéril para expiar los pecados, constituyéndose cada vez más en un movimiento que desafiaba el poder papal:
El movimiento fue criticado por el papa Clemente VI, quien pensaba que era una manera de cuestionar su autoridad. El sumo pontífice se enojó más cuando los flagelantes comenzaron a atacar a los judíos que encontraban en su camino, acusándolos de cometer crímenes que "hacían enojar a Dios". De esta manera, en 1346 se inició la persecución de los flagelantes, a quienes también se les culpaba por ser los "responsables" de la peste negra que se agravó en 1348. El papa condena formalmente en 1349 en su bula "Inter sollicitudines" a todos los flagelantes, declarándolos herejes. Sin embargo, no consigue erradicarlos por completo, terminando el movimiento por recibir la condena absoluta en el concilio de Constanza (1414-1418)3.
Los judíos a su vez, comenzaron a ser los apuntados al ser los que en proporción mayor tasa de supervivencia respecto de la peste negra y que ellos contaminaban los suministros, aunque la explicación real apuntaba primcipalmente a los siguientes aspectos: 1) los rituales judíos constan de un procedimiento que no hace tan proclive el comunal al evitar el contacto, 2) las costumbres judaicas de llevar ropa limpia y cambiar las sábanas con frecuencia, y 3) se entierra a los fallecidos al día siguiente de morir y no al tercero como en la costumbre católica, lo cual la probabilidad de contagio de virus y bacterias.
Para precisar con datos la persecución a judíos, siguiendo a Gargantilla (2011: 79):
Los datos sobre las masacres contra los judíos son escalofriantes: en Estrasburgo (Francia), en un solo día de 1349 quemaron vivos a unos dos mil judíos; en Maguncia (Alemania), donde residía la mayor comunidad judía de la Europa medieval, fueron quemados vivos unos seis mil y en el cantón suizo de Basilea sabemos que consiguieron llevar a unos cuatro mil quinientos a una de las islas sobre el Rin para luego quemarles. En definitiva, la Europa cristiana se convirtió en una verdadera hoguera en la que masas histéricas demostraban su xenofobia quemando a miles de judíos.
Un segundo punto a considerar es la excesiva introspección que ansiaba la paz interior, pero que en simultáneo daba lugar a una desconfianza del mundo exterior y a una necesaria ambición de controlar toda manifestación distinta, otro aliciente para el principio de aparición del chivo expiatorio. No en vano, han ocurrido ocho cruzadas de 1096 a 1270 que pretendían recuperar el santo sepulcro en posesión de los infieles, en referencia a los respectivos fieles de los otros monoteísmos que anhelaban la sacra zona de influencia. Peculiar y no menos dramático es el capítulo triste de la cruzada de los niños, cuyos orígenes se hallan en Alemania y Francia en el siglo XIII.
Prosiguiendo la descripción del período y su concepción de enfermedad mental, para Muñiz eran características durante esta época lo que él califica como crisis colectivas de histeria; por ejemplo, a partir del siglo IX eran frecuentes danzas, brincos y contorsiones de varios grupos por la noche; en torno al siglo X aparece el "tarantismo"4 en el sur de Italia, en el XIV se asienta la "danza San Vito" en Alemania. Estos presentaban la siguiente singularidad, en palabras de Henry Sigerist (1946:255-6) en Muñiz (1959:34):
La enfermedad aparecía durante el verano, sobre todo en plena canícula. La gente dormida o despierta saltaba de pronto al sentir un dolor agudo como la picadura de una abeja. Algunos veían la araña, otros no; sin embargo, todos sabían que era la tarántula. Salían corriendo hacia la calle, al mercado, bailando con gran excitación. Pronto se les reunían otros que también acababan de recibir la picadura o que la habían recibido años atrás […] De este modo se congregaban grupos de personas, ataviadas de la manera más rara, que bailaban frenéticamente […] Otros se desgarraban los vestidos y mostraban su desnudez, pues perdían el sentido del pudor […] Otros pedían látigos con los cuales se flagelaban unos a otros […] A todos se les ocurrían cosas muy extrañas, como por ejemplo que los mantearan, o abrir hoyos en la tierra y revolcarse entre el fango como puercos. Todos tomaban vino hasta hartarse, cantaban y hablaban como ebrios.
A este respecto, es importante el análisis fenomenológico del autor:
De hecho la conducta de esta gente era muy similar a los antiguos ritos orgiásticos en los que la gente rendía culto a los dioses griegos Dionisio, Orfeo, etc., que habían sido desterrados con el advenimiento del cristianismo. Es aparente que el ser víctima de la tarántula permitía la libre expresión de tendencias reprimidas sin que la persona se considerara a sí misma o fuera vista por los demás como malvada. (Ibid:34)
(El subrayado es mío)
¿Se podría hacer una analogía con la salida al balcón para aplaudir al personal médico durante el confinamiento como reforzamiento del sistema vigente? ¿la imagen proyectada por los media e introyectada por el público no ha sido un modo de generar un consenso durante el encierro del 2020? ¿o simplemente se trata de un ritual para sobrellevar la situación que genera el desgarro de lo imprevisible y descomedido del asunto?
Con todo, pareciera que lo novedoso e inédito del asunto que implicó el encierro poblacional fagocitó insólitas expresiones que desnudan la animalidad ínsita al ser humano, sobre este punto, asertivas son las palabras que alude Antonio Escohotado en Filosofía y metodología de las ciencias sociales (1989:11):
Los primeros cultos —propuso Roberton Smith— debieron ser una especie de danzas, de alguna manera similares a los movimientos de pataleo y gesticulación que ejecutan los niños en relación con ciertos deseos y estados, y los propios adultos en algunas situaciones. Con el transcurso del tiempo estos ceremoniales instintivos se irían investigando y decantando, hasta producir algo análogo a una reflexión.
No olvidar, esto es constitutivo de nuestros rasgos caracterológicos de base animal, sin los cuales ninguna especie puede formarse una idea aproximadas de las cosas sin abonarse a un ritual. En todo caso, lo que se habría de criticar no es tanto a la mentalidad primitiva-supersticiosa de creer, pongamos por caso, que se le hace mal a una persona por simplemente invocar su nombre, sino de al menos meditar sobre la actitud contemporánea regresiva de épocas pasadas.
Como último y cuarto fenómeno prototípico de la Edad Media tenemos la creencia en la existencia de demonios con la capacidad de poseer cuerpos humanos y actuar por ellos. Indubitablemente, era una época en que muchos poseían una gran capacidad para sugestionarse y creer en lo que no veían pero que en simultáneo se tendía a dudar, tergiversar o negar lo que se experimentaba en carne propia.
De modo que todo se reducía tarde o temprano a la misma causa: el Mal señalado de modo omnipresente y omnímodo que trascendía las voluntades terrenales, al que naturalmente como acto reflejo la solución que se proponía era más voluntarismo. En adelante, nos centraremos en la demonología y su correlato físico concreto que son la bruja y el hechicero que reportan un interesante testimonio de la edad media y más aún cuando en el siglo XIV la caza de brujas pase a ser cruzada.
Brujas y hechiceros: un problema a erradicar
Durante la Edad Media, era frecuente que los considerados bajo el diagnóstico de insanía mental se les optara por un tratamiento basado en la oración, el exorcismo o el uso de reliquias y untos sagrados, siendo el insulto al "demonio" la terapia a seguir. (1959:35).
Ante este panorama parece no tan descabellado razonar que a mayor mentalidad que propende a lo mágico-religioso, menos factible es actuar con sustento en un marco racional cuyas actuaciones y situaciones no caigan bajo el mero arbitrio de nominar los actos; en consecuencia, se forzarán situaciones en las que la coerción irá in crescendo y reemplazando las prácticas inocuas:
Conforme se acentuó la tendencia a interpretar teológicamente las enfermedades mentales, se llegó a pensar que la crueldad para con los afectados era una forma de castigar a los demonios residentes en ellos. De ahí que cuando los métodos suaves resultaban ineficaces se recurriera a métodos más drásticos como los azotes, el hambre, las cadenas, la inmersión en agua fría y otras torturas. (Íbid:36)
Explicaciones alternativas sobre la población objetivo a perseguir
¿Pero eran "locos" en su mayoría los acusados de pactar con el demonio? Según algunos autores que adscriben a la teoría médica de la hechicería, tanto hechiceros como brujas, básicamente eran meros "enfermos" mentales. Sin embargo, ya veremos que otros autores difieren y amplían los rasgos de los perseguidos.
Thomas Szasz no es de los autores que justamente se adhiera a tal teoría médica de la hechicería, primero porque, desde su perspectiva las personas actuamos en base a un juego de reglas sociales, esto es, prácticas concretas que, en mayor o menor medida, estamos todos inmersos. Desde luego, esto supone poner en marcha medios para lograr fines, por lo que las acciones tienen un propósito consciente, poniendo de relieve una autonomía individual, aunque ello le implique simular o engañar por mero instinto de supervivencia. Segundo y no menos importante es que dicha teoría en este contexto social no distingue el ámbito médico del legal.
Por consiguiente, desde la perspectiva de Szasz, la caza de brujas como tal se emparenta más con la persecución y segregación a grupos minoritarios que al tratamiento de enfermedades objetivas, como la diabetes (1960: 208). En definitiva, se debe discernir entre enfermedades físicas con base orgánica de problemas producto de la socialización, como es la expectación del logro de metas deseablemente valoradas por el conjunto social.
En suma, lo que critica el autor de El mito de la enfermedad mental es que las personas sean brujas por su "libre albedrío", cuando las perseguidas a su juicio son "las viejas, pobres y prescindibles para la sociedad"(ïbid: 210). En este sentido, para tener una mayor comprensión del contexto en el cual se inscribía el juego teológico del cristianismo consistía: primero, dado que las "brujas" existían, era necesaria su purga por su asociación al demonio, una forma de persecución fue la práctica del sexo. El celo, la desconfianza, la opresión son elementos básicos para abonar el terreno a los estigmas sociales, que llevados al extremo da lugar al exterminio. En este sentido, "la función social de la víctima propiciatoria —el chivo emisario— consiste en desempeñar el rol de la persona que viola las reglas: se la atrapa y castiga como corresponde." (íbid: 210)
Ante este contexto de época y trazando un símil con la cuarentena del 2020 podemos alegar que se buscaba etiquetar, simplificar la asociación mental en un ente negativo —como pudo haber sido un runner o el remero al que se le abrió una causa penal que se preparaba para los JJOO—:
"Cuanto mayor es la discrepancia real entre las reglas de conducta establecidas y el verdadero comportamiento social, tanto mayor es la necesidad de sacrificar víctimas propiciatorias como medio de mantener el mito social de que el hombre vive conforme a las creencias y normas éticas oficialmente reconocidas" (ibid: 210-211)
Continuando con las analogías, más de uno podrá recordar vívidamente el padecimiento del personal médico bajo amenazas y hostigamientos en sus viviendas bajo amenaza de que se muden por parte de sus vecinos, exponiendo de soslayo el elemento característico de la histeria de masas, esto es, el enceguecimiento de los actos al actuar en base a un conjunto de valores con otros:
"Incapaces de admitir su ignorancia y su relativa impotencia, pero también de alcanzar la comprensión científica y el dominio de muchos problemas físicos, biológicos y sociales, los hombres recurrieron a víctimas propiciatorias para explicar esos fenómenos.[...] Todas las reglas basadas en la víctima propiciatoria postulan que es posible resolver cualquier tipo de problema si se logra dominar, subyugar someter o eliminar al transgresor, la raza, la enfermedad u otra cosa por el estilo". (ibid: 2011)
Durante el medioevo y como factor que no puede pasarse por alto, en un mundo regido por hombres, la subordinación de la mujer a éste se cristalizaba en el hecho de que la mayoría de acusados por herejía eran mujeres (íbid: 212), sobresaliendo las pobres, estúpidas, desválidas, y a menudo débiles y viejas (íbid: 213).
En suma, ante el temor de fallar a la moral vigente, las condiciones psicosociales terminan de dar forma a un dogma punitivo que mana del poder político, induciendo de esta manera a que las personas empleen comunicaciones indirectas entre ellas para sortear una temible sanción; es decir, conductas que en otros contextos actuales podrían diagnosticarse bajo términos como "insania mental" o "histeria". Aquí buenamente se desmorona gran parte del argumento de la teoría médica acerca de la hechicería al pretender que los acusados de brujería tenían su consentimiento o que simplemente eran enfermos mentales.
A esta secuencia del etiquetado de la víctima propiciatoria, es oportuno recordar —si queremos evitar a situaciones drásticas de querer asociar a personas como el Mal en carne y hueso— que en la subyugación de una minoría es imprescindible comprender que todo proceso legal no es una intervención médica ni científica5. Específicamente, los procesos por los cuales se imputaba de hechicería se fundaba en tres aspectos que eran la base del andamiaje del proceso legal: 1) expropiación indirecta del juez de los bienes del acusado para su posterior apropiación 2) por si esto no fuera poco, el juez no es imparcial al representar a la iglesia de antemano y 3) un plausible sentimiento de venganza que a efectos prácticos, viene a reforzar los valores del juego teológico en el que coerción física y mental van de la mano hasta que se llegue al paroxismo religioso (ibid:215-216). Por si fuera poco, se debe agregar que al comienzo de la Edad Media la denuncia era libre y secreta, y que para empeorar la situación, luego pasó a ser obligatoria cuando se consumó la cruzada entre los siglos XIII y XVI.
Lo importante de todo esto es extraer que en todo ámbito el ser humano en su puesta en relación con otros, usa símbolos para comunicarse —con predominancia lingüística aunque a veces a modo de señales, gestos—, y en base a ellos se elaboran una serie de reglas o normas, orientadas a una convivencia que propicien un consenso mínimo necesario para la armonía social.
Delimitando y precisando el asunto
Una tercer vía para analizar el fenómeno psicosociológico de brujas y hechiceros proviene de la innata necesidad del hombre de experimentar con lo que la naturaleza le provee; cerrándose las puertas de la mente ante el acatamiento de dogmas, lo único que se logra es impostar un camino artificial cuyo lema primordial es prohibir todas las drogas a excepción del vino destinado al ritual eucarístico. Antonio Escohotado en su Historia general de las drogas nos ofrece una amplia descripción de las víctimas propiciatorias y ayuda a entender aún más el contexto abordado.
Con énfasis en primera instancia sobre la desaparición del consumo de psicofármacos a gran escala con el advenimiento del cristianismo. Ante los vacíos historiográficos de los enteógenos vegetales, afirma:
Quien no se sienta inclinado a asimilar tantas casualidades al mismo tiempo podría atenerse a cosas bien sabidas, aunque no mencionadas por los historiadores de este asunto. A saber: 1) Que no sólo como enteógenos sino en todos sus usos las drogas psicoactivas distintas del alcohol —e incluso este— son radicalmente aborrecibles para un culto como el cristiano ortodoxo; 2) Que desde sus comienzos el cristianismo persiguió directa e indirectamente, pero con gran tenacidad, los focos de cultura farmacológica; 3) Que si esto no nos resulta hoy todavía mucho más manifiesto es porque se apoyó sobre quemas ingentes de libros y el sigilo de una censura.(2018:234)
En este plano de discusión, lejos estamos ya aquí ya dar explicaciones simplistas de mera locura o histeria por elección, sino de coartar la experimentación de cuajo con sustancias de la naturaleza, hecho que no será indemne de contra-rreaciones que se irán gestando a lo largo del período:
Pero la superstición ha cobrado un formidable impulso. Por una parte, son los núcleos aislados y las comarcas más pobres quienes recuperan sus tradiciones chamánicas y hechiceriles, confiando más en esos viejos terapeutas que en agua bendita, ramos benditos, velas benditas y santos óleos. Por otra parte, los sectores bienpensantes tienden a buscar causas para la desastrosa situación reinante, y empiezan a encontrarlas en brujas que causan granizos, sequías y epidemias. Desde el siglo IX estas protestas comienzan a hacerse ellas mismas epidémicas, al mismo tiempo que se desarrolla una teoría general de Satán —la «demonología»— que goza de favor entre los principales teólogos.(Ibid:251)
Conviene recordar que lo que se consideró la bruja rural de la Alta Edad Media tiene su precedente en la bruja urbana conocida ya en la antigua Roma por su oficio de saber combinar sustancias para diversos fines. Respecto de la bruja clásica y medieval comenta Escohotado:
Se encuentra también ligada a fármacos, pero además de confeccionar cosméticos, filtros y remedios, usa ungüentos para inducir vuelos mágicos y otras operaciones típicas del chamanismo y la hechicería de posesión. En realidad, oficia como ministro de ceremonias religiosas propiamente dichas, que son entendidas por los ajenos a su círculo como ritos de adoración a Lucifer, aunque forman parte de cultos a dioses muy anteriores, concentrándose sobre todo en Artemisa-Diana. La striga clásica es un oficio esencialmente laico, mientras la striga rural sirve de cauce a una amalgama de propósitos, que desemboca también en celebraciones de tipo orgiástico. Los asistentes a esos actos —que con el tiempo se llamarán sabbats— parecen ser en su mayoría mujeres, dentro de un espíritu afín al de las bacantes descritas por Eurípides. El vehículo enteogénico empleado son pomadas o «untos» de gran actividad, que en el Renacimiento —cuando por primera vez se investiguen— están compuestos básicamente por opio, cáñamo, hongos y ciertas solanáceas. (Ibid:253)
En resumidas cuentas, tenemos las víctimas propiciatorias, en buena medida mujeres principalmente pero también hombres, aunque lo que importa resaltar aquí, después de todo, no tanto quienes fueron opresores y oprimidos, sino de establecer una tentativa comprensiva acerca de cómo se gestan en una sociedad los patrones de autoridad y su vínculo con las terapias expiatorias de transferencia del mal. Por supuesto, de relieve importancia es hallar qué consecuencias se tienen al reglar las pautas de convivencia social y, como así también, su efecto inmediato en un cúmulo de factores.
En cierta manera, la adoración a ultranza de una organización jerárquica-vertical que con sus capitulares del papado y sus incorroborables "verdades" a partir de otros y no de uno mismo como fuente del saber, es lo que aniquiló la espontaneidad, lo que trasuntó en una iniquidad inmisericorde con unas reglas básicas morales mínimamente decorosas con la dignidad humana. Asimismo, se dejó a toda posibilidad efímera de libertad inerme frente a los predicadores de las buenas intenciones y creadores de paraísos verdaderamente artificiales. Después de todo, la confusión categorial, la falta de conocimento o la simple falta de sentido lógico en situación conllevan a errores de diagnóstico que tarde o temprano se pagan caro.
Referencias
1Si bien no hay consenso claro de precisar una fecha de origen, podemos situarlos en el 1500, si tomamos como referencia la coetaneidad de genios como Leonardo Da Vinci, Rafael y Miguel Angel
2Desde mi punto de vista, bien podrían verse como un mismo fenómeno con distintas variaciones; digamos, como manifestaciones de un modo de vida que ansiaba respuestas ante las apremiantes inseguridades, o bien, verlos como fenómenos de masas que cuentan con gran anuencia, recurrentes en ciertos periodos pero con la misma tendencia a la retracción social.
3El movimiento de flagelantes tuvo un foco importante en Italia cuyo aliciente en su peculiaridad tuvo la guerra entre güelfos y gibelinos, expandiéndose a países como Francia y Alemania. Al parecer, esto decantaba tarde o temprano en insurreciones contra la nobleza y la iglesia. Extraido: https://es.wikipedia.org/wiki/Movimiento_de_los_Flagelantes
4Para profundizar sobre el tarantismo, sus orígenes, la variabilidad del espectro social que se sumaba a las danzas y su recurso como terapia, véase: https://jralonso.es/2012/03/01/la-tarantula-la-tarantela-el-tarantismo-y-tarantino/
5Recordemos que un proceso legal consta de un juego de suma cero, el ganador se lleva todo, el que pierde debe resarcir su pena; en el ámbito de la medicina se presupone que el interés de ambas partes sea compartido de índole positiva; que el médico cure, y el enfermo sea curado; ambos bregan por el mismo resultado.
Bibliografía
De la Fuente Muñiz, R.(1959). Psicología médica. Editorial Fondo de Cultura Económica.
Gargantilla, P. (2011). Breve historia de la medicina: del chamán a la gripe A. Editorial Ediciones Nowtilus, S.L.
Sigerist, H. E. (1946). Civilización y enfermedad. Editorial Fondo de Cultura Económica.
Escohotado, A. (1989). Filosofía y metodología de las ciencias sociales. Editorial Ediciones Académicas S.A.
Escohotado, A. (2018). Historia general de las drogas. Editorial Innisfree
Szasz, T. (1960). El mito de la enfermedad mental. Editorial Amorrortu

Comentarios
Publicar un comentario