Acerca de la homosexualidad como valor social negativo o positivo
Aristodemo, tirano de Cumes, trató de desalentar el valor de la juventud. Quiso que los muchachos se dejaran crecer los cabellos, como las jovencitas; que se adornasen con flores y que llevaran vestidos de diferentes colores largos hasta los pies; que cuando acudían a sus maestros de danza y música, las mujeres les llevasen quintasoles, perfumes y abanicos; que en el baño les diesen peines y espejos. Esta educación duraba hasta los veinte años. Esto no puede convenir más que a un pequeño tirano que expone su soberanía para defender su vida.
Montesquieu, Del espíritu de las leyes (1748). Libro X, Capítulo XII.
A menudo, el pretendido carácter científico aséptico e imparcial en la evaluación diagnóstica colisiona con la realidad cuando entra en su dinámica valores subjetivos prototipo de un determinado marco social, cuyos roles resultan de un flujo y reflujo indeclinable e interactuante de un esquema de castigos y recompensas.
Tomemos por caso, el manual de farmacología de R. Penn (1976:181), que pormenoriza el uso de un derivado de la morfina, la apomorfina, empleado con fines de "rehabilitación" a aquellos que son homosexuales dado que para el diagnóstico médico de entonces era equivalente a estar enfermo:
la apomorfina puede ser usada para provocar vómitos en pacientes que han ingerido venenos, pero su acción es demasiado drástica y se prefieren otros tratamientos. La apomorfina es utilizada por los psiquiatras en la terapia de aversión para tratar el alcoholismo y la homosexualidad, induciendo para ello un fuerte displacer (asco), utilizando el principio de Pavlov de los reflejos condicionados.
Complementariamente una nota reciente agrega que ésta tuvo su mayor acogida y prestigio durante las décadas de los 60 y 70´del siglo pasado en Gran Bretaña y Australia:
La apomorfina se utilizaba para inducir náuseas concomitantes con la presentación de imágenes de desnudos masculinos, junto con descargas eléctricas y técnicas psicoterapéuticas. La cobertura mediática de estas "terapias" fue mayormente elogiosa en su momento, informando de casos "exitosos" e incluso titulando "Cura sexual”.(1)
Conviene destacar tres puntos explicativos para comprender cómo devino esta práctica en "terapia":
1) Si escudriñamos en detalle la evolución histórica de ciertas ramas de la medicina, la clasificación de ciertas conductas sociales que pasan a ser "enfermedades" tiende a crecer con la consolidación del lobby y prestigio profesional, hecho insoslayable como ha ocurrido con el avance colonizador de la psiquiatría en diversos ámbitos cotidianos durante el siglo XX.
En cierta modo, la urdida estratagema consiste en un tutelaje bienhechor, guardián, que se hace presente en fenómenos puramente psicológicos que difieren, digamos, de una "media" o que, potencialmente, estaría implicado daños a terceros: usted comprenderá, el mentado bien público para subordinar a otros.
En la expresión de esta patologización de la vida misma se enmarcan dentro de este enfoque una pluralidad de fenómenos de naturaleza disímiles: fobias, actos delictivos, divorcio, homicidio, adicción, “homosexualidad”, etc; todo se mete en un mismo saco bajo el paraguas de la ciencia. También, el estigma es el medio de legitimar una cosmovisión sobre otras con la cual se apalanca el aparato comunicacional de los partidos políticos.
Siguiendo a Szasz y su teoría de juegos para explicar la dinámica de las relaciones sociales, para el psiquiatra qué es enfermedad y qué no, dependerá de las normas sociales en vigor. Por consiguiente, el enfoque del tratamiento médico inserto en una sociedad particular tendrá de modo inexorable sus implicancias en la esfera político-legal.
Para ser más explícitos el modelo regulador del corporativismo médico/científico/político —o el enfoque terapéutico de la biopolítica, bajo el prisma que se lo quiera ver— sobre los roles sociales se basa en una clasificación dicotómica de enfermedad física o "mental", o lo que es lo mismo, entre enfermedad orgánica y diagnóstico, hasta cierto punto, "subjetivo".
La enfermedad orgánica es estudiada y tratada en un cuerpo individual a través del análisis del tejido corporal con el objeto de detectar anormalidades o alteraciones; en contraste, lo que se entiende por enfermedad "mental" en realidad es una mera conducta social juzgada como desviada por la mayoría de la sociedad. Es decir, depende mucho de la cultura social de cada lugar y su normativa legal en lo tocante a todos aquellos trastornos imposibilitados a simple vista de un tratamiento típico de enfermedad orgánica. Se traslada así, el enfoque médico al resto de la sociedad o al revés, de lo social a lo medicinal.
Este análisis se centra con foco en lo transcurrido durante buena parte del siglo XX, y a tono con lo que que expresa Thomas Szasz en El mito de la enfermedad mental, si la heterosexualidad era la gran norma a obedecer para mantener la estabilidad a resguardo del grupo, la homosexualidad constituye per se la anomia. (1960: 53-55).
2) Sumando a la clara exposición de Szasz sobre los fundamentos de la categorización como “enfermedad” sobre tal orientación sexual, nos explayaremos referenciando a Escohotado (1987: 188) para quien las sociedades se rigen bajo dos lógicas: una de laissez faire, laissez passer, que internaliza los fenómenos como parte de un proceso evolutivo e impersonal cuyo núcleo medular es la interacción de la persona con los otros (celebración de contratos en un marco institucional, por ejemplo). Por otra parte, la otra perspectiva se nutre de filosofías socialistas o eugenésicas con una clara connotación intervencionista y reguladora del inter-ser. En la práctica, esto último se traduce en proyectos de ingeniería social en base a ideales provenientes de esquemas explicativos simplificados de la realidad, como lo es el tándem causa-efecto del conductismo psicológico o los revolucionarios que anhelan romper un orden social y modelar otro con sus preferencias de un día a otro. En suma, este modo de ver e interpretar las relaciones, en el que las partes (minorías) deben actuar conforme a un "todo" (la mayoría, "el pueblo"), pone en juego medidas disciplinarias con el afán de mantener el status quo bajo la marquesina seductora de la "integridad y salubridad" del organismo social.
De esta forma, el ser homosexual durante buen tramo del siglo XX en Occidente ha revestido un estigma social, cuyo "problema" buscaba ser tratado por la coacción vía “terapias de conversión", si bien más sofisticadas y/o sutiles que otros periodos históricos.
Aquí yace la cuestión de que se comete un acto “ilícito” de crimen sin víctima como pasó durante la edad media en los juicios por “hechicería”; el ser homosexual pasa a ser asociado a la noción de enfermo “mental” por percibir, pensar y actuar de modo diferente en su estilo vida. Durante la edad media la tortura conformaba el proceso legal, como bien lo atestiguan las inmersiones en agua como prueba de culpabilidad.
En definitiva, cambian los nombres, pero el sustrato filosófico del verdugo permanece inalterable. Vemos que el castigo como reflejo condicionado busca reforzar una creencia, que se legitima una vez que el proceso hecha a andar, no por el presunto motivo de ser transgresor (un crimen contra-natura, según sus defensores), sino por el castigo en sí. Si la terapia-castigo no surte efecto en el desviado, es culpa del desviado; si surte efecto (aunque sea sólo una sensación reflejo la mejoría transitoria de la malestar emocional) es gracias al avance de la medicina o al burócrata político a costas del libre juicio del sujeto en su relación con el mundo.
3)Rubén Ardila en su Manual de psicofisiología (1973:216) señala que la homosexualidad no tiene una base hormonal, al menos en la mayoría de los casos estudiados. Que, todo parece indicar que la atracción hacia el mismo sexo no está dada por una falta de hormonas, sean masculinas en el caso del gay o femeninas en el de lesbiana, sino que se trata más de una dimensión cultural que biológica al ponerse de relieve la importancia del peso de los patrones de conducta adquiridos. El autor agrega haciendo foco en la dimensión cultural del asunto:
Lo mismo que sucede en el caso de la masturbación, sociedades diversas tienen diferentes actitudes hacia la homosexualidad. […] En la cultura occidental la homosexualidad se reprueba, especialmente entre los varones; se la ataca, existen serias sanciones contra ella y, como consecuencia, los homosexuales han formado una subcultura.
No parece haber relación alguna entre homosexuales y salud mental, y muchos homosexuales son mentalmente sanos y llevan vidas muy adaptadas a su ambiente. Podría hablarse de la “creación social del mal” […] y hacer notar que los problemas que aquejan a los homosexuales se deben al rechazo que existe hacia ellos por parte de la sociedad y no a que la homosexualidad cause esas alteraciones de conducta. Un hombre que debe llevar una vida doble, ostentar una sexualidad “normal” y ocultar ante la mayoría de la gente su homosexualidad, no puede menos que convertirse en un marginado; la neurosis resultante es consecuencia del rechazo social, no de la homosexualidad en cuanto tal.
A lo cual Ardila infiere con aserto:
No parece que exista una base genética de la homosexualidad y, en cambio, predominan los factores aprendidos. Parece que toda persona atraviesa por un período predominantemente homosexual durante su desarrollo psicofisiológico y que existen siempre componentes homosexuales y heterosexuales en todos los individuos; es un asunto de grado y no una dicotomía absoluta. (Íbid: 217)
Cabe afirmar que la referencia anterior no deja de ser un buen llamado de atención que tiene no sólo como destinatario a los clásicos conservadores-tradicionales sino también a aquellos autopercibidos progresistas que mediante la instrumentación de ciertas herramientas (como pueden ser la ESI, por su sigla, educación sexual integral) puede constituir un disparate o, aún peor, acelerar lo máximo posible el desarrollo sexual en niños, condicionando su goce y sentido del mundo a un mero reflejo de la dinámica política, constituyendo un programa eugenésico para condicionar la reflexión vital sobre el mundo.
Por ello, es importante aclarar que la conducta sexual se inscribe siempre dentro un espacio social con un marco característico de valores, caracterizado por una serie de rituales que prescriben cómo se debe actuar en ciertas circunstancias. En este sentido, conviene apuntalar el rechazo de Ardila a miradas críticas sobre las conductas homosexuales del siglo pasado:
Pretender que las normas sexuales de nuestra cultura sean las únicas posibles y que la sexualidad no haya evolucionado ni vaya a evolucionar, no pasa de ser signo de provincialismo. (Íbid: 217)
En estos tiempos del siglo XXI, parece ser que quienes pregonan la cultura woke con el afán de homogeneizar el pensamiento de los niños, lo que buscan instalar es un proyecto eugenésico de una sociedad militarizada a la inversa a través de conductas aprendidas en las instituciones educativas públicas, plan pensado como reservorio de lavado de cerebro.
Incentivar la heterosexualidad u homosexualidad no es jurisdicción de ninguna institución, sino de cada sujeto singular por lo que no se trata ni de un valor positivo o negativo, sino algo meramente neutro. La promoción persistente de visualización de tendencias sociales bajo el paraguas de lo diferente se presta al ruido del cotillón de la política, pero el sentido primordial, último de las cosas es impenetrable y el progreso real, verdadero, avanza sigilosamente al margen de todo yoísmo.
Ante este carnaval de corsi e recorsi (tan ineluctable como el marketing político) mi estimado lector, no queda otra que voltearnos hacia nosotros mismos y preguntar: ¿Qué verdugos y nuevos depositarios de nuestras proyecciones a raíz de insatisfacciones personales estaremos incubando en nuestros días?
Nota
Bibliografía
Penn , R. (1976).; Manual de farmacología. Editorial Eudeba.
Szasz, T. (1960). El mito de la enfermedad mental. Editorial Amorrortu
Escohotado, A. (1989). Filosofía y metodología de las ciencias sociales. Editorial Ediciones Académicas S.A.
Ardila, R. (1973). Manual de psicología fisiológica. Editorial Trillas.
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