¿Es seguro el trekking? (Del miedo a vivir)
«El individuo que no ha arriesgado la vida puede sin duda ser reconocido como persona, pero no ha alcanzado la verdad de este reconocimiento como autoconciencia independiente»
Hegel, F. Fenomenología del espíritu
Lo que encadena al espíritu no es la enfermedad; sino el miedo. Eventualmente, la enfermedad es consecuencia del miedo.
Lo que angustia no es la inseguridad—una subjetividad de algo—; sino el complejo de vivir con miedo —sensación concreta y objetiva de estar en algo.
Gran confusión con la que se atraganta el hombre civilizado; una miriada de artefactos responden por él; no logra discernir entre confort y domesticación, dando por descontado una realización del acto por sí mismo. Entronización de un modo de vida que es automatizado y que le impide ver en conjunto las cosas, su lengua es el órgano más ejercitado con distancia.
Pero ver más allá estriba en encontrarse con uno mismo, y para poder ver más allá, debemos estar en el más acá; sentir el presente, el aquí y ahora. Perderse en el camino es vivir el presente, es aprender a orientarse uno mismo con la realidad.
Internalizando etiquetas sociales de la Propaganda a su esquema mental y su afición por la proyección de eventos futuros, así funciona la mecánica psicológica del procrastinador de nuestros tiempos.
El hombre acostumbrado a la vida plácida, sin riesgos, no vislumbra el sinsentido de su existencia mientras se siente seguro porque infiere que si la mayoría vive como él, es porque hay un asentimiento general acerca de un modo de vida recto. De aquí a ver el riesgo a morir como un horizonte lejano hay nada; por tanto, se vanagloria —las más de las veces, somnoliente en la nube de inconsciencia— de ignorar nuevas experiencias con el seguimiento de costumbres y hábitos adoptados por inercia.
El riesgo para el hombre de las grandes urbes, perfectamente pulcro y oficinista, arquetípico predicador del prejuicio, consiste en expulsar de su mente toda una serie de acciones por las que antepone un juicio que es, en rigor, el hecho consumado y pretenciosamente ponderado como “no comentado por otros”. En efecto, levantará el dedo acusatorio con vehemencia a partir de una multiplicación de imputaciones causales probabilísticas que mueren a medio término, por lo que incurre en exhortaciones sensacionalistas del estilo:
—¿Cómo vas a caminar solo en un sendero dentro de una reserva ecológica?
—¿Cómo vas a venir a un país de tercer mundo?,
—¿Cómo vas a andar caminando a tales horas?, etc.
Atiborrados estamos de paralelismos falaces como si la norma positiva coincidiese con las sensaciones etéreas de la voluntad general, o más quimérico, creer que la ley se identifica con lo que es mejor o de sentido común para hoy y para todos los tiempos.
Así como la naturaleza nos dispensa de lo necesario para subsistir, el hombre es substancia de la naturaleza; vivir en libertad implica vivir con responsabilidad, y ella comporta necesariamente un riesgo, y ésta es ley suprema de la naturaleza. La consciencia es un medio, no un fin.
Las convenciones normativistas que son pródigas en concedernos el cebo mental del derecho a la seguridad, no nos garantizan estar con ella en todo momento. En definitiva, la seguridad va con uno mismo, no es provista de manera absoluta (y a veces ni siquiera, o peor, es empleada con intenciones no auspiciadas por norma o ética) por ningún generoso departamento estatal. Aún más: y pretender que sea absoluta es ser funcional a un Estado totalitario que lo ve y vigila todo.
La travesía de ser el propio hacedor de tu camino es un bello monumento a la valentía y un canto armonioso a la libertad, replegada en infinitud hacia todos las posibilidades perceptivas cuya florescencia es la espontaneidad; camino al cual debemos afrontar al menos una vez en la vida.

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