Comentario a Política de Aristóteles III: realismo e idealismo
El realismo se halla en correspondencia con estudiar las partes en lo particular-concreto que componen un todo para esbozar una posible generalización del caso, atendiendo similitudes y diferencias.
Por el contrario, el idealismo busca partir del presupuesto de lo general/abstracto; esto es, las Ideas pueden y deben someter a la realidad al imperio de "lo bello, lo estético, y lo bueno".
En efecto, para el realismo no hay cabida a un más allá o un poder divino legado por una fuerza que excediera a nuestro mundo, por ello tiende a apreciar los detalles y el desarrollo evolutivo de los procesos sin forzar los hechos, pero evitando acotarlos a oposiciones irreductibles.
Por tanto, trata de respetar los rasgos que presenta cada fenómeno sustentados en una variabilidad de grado y un carácter minucioso de la heterogeneidad en la homogeneidad, como así también, vislumbrar la concurrencia de lo singular en lo plural. Por consiguiente, contemplar y suspender el juicio para aportar más elementos de prueba a lo estudiado constituye un valor que no se desliga de lo virtuoso, bello y estético concebido más como proceso que fin en sí; viéndolo desde el realismo, la ciencia se siente como supremo arte de expresión.
Para explicitar estas contrapuestas miradas que han dado origen a la teoría del conocimiento, podemos citar las precisas palabras de Antonio Escohotado en El espíritu de la comedia (2018:45):
Martín Heidegger sugirió atender a la relación entre ser y verdad, partiendo de lo siguiente:
1. Si el ser se funda en la verdad —cómo Platón pretende desde el idealismo — tendremos la adecuación que a un nivel prosaico puede presentarse como conformidad de la inteligencia a la cosa, pero que inevitablemente postula también subordinación de la cosa a la inteligencia, predominio del reino ideal sobre el material.
2. Si la verdad se funda en el ser, no habrá adecuación sino descubrimiento en sentido estricto, como acto de quitar un cubrimiento o velo a lo que hay.
Por consiguiente, las categorías bajo el dominio idealista no son modos de ser sino entes abstractos rígidamente separados —Cantidad. Cualidad, Espacio, Tiempo, etc.— en contraste con la lógica realista, cuyas variables categoriales en su esencia están sujetas a un volátil dinamismo inmanente que asegura, de mínima, una relativa independencia respecto del voluntarismo.
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